La administración de la derrota

Por C.W. Munguía
11 de octubre del 2026.- Hay algo más destructivo para una democracia que la hegemonía de un partido fuerte: la resignación de una oposición mediocre.
En Baja California, la tierra que en 1989 le enseñó al país que la alternancia era posible, las siglas que alguna vez dinamitaron el monopolio del poder hoy lucen mínimas, convertidas a una narrativa de reclamos estériles. A poco más de un año de que se abra formalmente la contienda por la gubernatura, la conversación política del estado se reduce a los pleitos, las encuestas y los acomodos dentro de un solo bando. La oposición no es que sea silenciada; es que ha decidido no competir.
El diagnóstico fácil atribuye este escenario al peso de la marca oficialista o al flujo inagotable de los programas sociales. Sin embargo, la verdad es bastante más incómoda: la oposición en Baja California no está perdiendo por la fuerza de sus adversarios, sino por la comodidad de sus propios dirigentes.
Para la cúpula panista y los restos del PRI local, la política dejó de ser una disputa por el gobierno para convertirse en un negocio de subsistencia. A sus dirigentes no les quita el sueño la gubernatura ni las alcaldías clave, siempre y cuando la derrota les alcance para asegurar las dos o tres diputaciones plurinominales de la lista, un par de regidurías en Tijuana y Mexicali, y el cheque de las prerrogativas estatales. No dirigen partidos de oposición; administran franquicias de la derrota.
Esa lógica mercantil ha tenido consecuencias desastrosas. Incapaces de renovar sus cuadros o de ofrecer una sola idea innovadora para los problemas de seguridad, agua y movilidad que asfixian al estado, prefieren esperar a que el tiempo transcurra o a que algún perfil externo acepte prestarles el nombre para no hacer un ridículo estruendoso en las urnas.
El resultado de esta parálisis es un electorado huérfano. Miles de ciudadanos en Baja California que no comulgan con el proyecto oficialista ni aprueban la gestión de sus gobernantes descubren que del otro lado no hay una alternativa, sino un grupo de sobrevivientes cuidando sus presupuestos de minoría.
Exigirle resultados al poder es la mitad del trabajo del periodismo; la otra mitad es evidenciar a quienes, cobrando como oposición, prefieren la comodidad del naufragio que el esfuerzo de construir una alternativa. En Baja California, la verdadera tragedia política no es que un partido lo gane todo, sino que los demás hayan decidido que perder también es un excelente negocio.










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