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El monopolio del luto

hace 3 horas
2 min de lectura

​Por C.W. Munguía

04 de octubre de 2026.- Hay fechas en el calendario mexicano que no admiten neutralidad, pero sí admiten oportunismo. El 2 de octubre es la más desgastada de todas en el altar de la retórica. A cincuenta y ocho años de Tlatelolco, la consigna del "no se olvida" dejó de ser una exigencia de justicia para convertirse en un botín simbólico que el poder administra y la oposición prefiere no mirar.

​El oficialismo ha construido sobre el 68 un mito fundador. Morena se asume como el heredero natural de las luchas estudiantiles, el puerto de llegada de aquella juventud aplastada por el Estado autoritario. La narrativa es redonda: la calle de ayer ocupa hoy el Palacio. Sin embargo, la historia tiene un sentido del humor amargo. La misma fuerza política que este viernes volvió a emitir discursos emotivos contra la represión del pasado es la que ha consolidado la presencia de las Fuerzas Armadas en la vida civil a niveles sin precedente. El uniforme militar, que en el relato del 68 encarna la bota del Estado, hoy administra aduanas, construye trenes, resguarda puertos y patrulla las calles de todo el país. Gobernar con el ejército como pilar mientras se ondea la bandera de Tlatelolco exige una acrobacia ideológica que solo la hegemonía política permite sostener sin sonrojarse.

​Del otro lado del espectro, el espectáculo no es menos desolador. La oposición acude al 2 de octubre en un estado de parálisis casi absoluta. Para el PRI y el PAN, la fecha es un terreno minado donde cualquier pronunciamiento suena a simulación o despierta fantasmas incómodos. Si critican el sesgo del relato oficial, parecen defensores del viejo régimen; si guardan silencio, confirman su insensibilidad histórica. Atrapados entre su pasado y su incapacidad para articular una agenda de libertades en el presente, prefieren ceder la memoria entera a su adversario.

​El resultado es el monopolio del luto. Un trámite de oficina donde el gobierno en turno se autoamnistía citando el pasado, y la oposición se esconde esperando a que pase la fecha.

​Lo que verdaderamente debería indignarnos no es solo la tragedia de 1968, sino la facilidad con la que el sistema político aprendió a digerirla. Unos usan a los muertos de Tlatelolco para certificar su calidad moral; los otros callan porque la historia les pesa demasiado. Y mientras ambos bandos lucran con la conveniencia del recuerdo, el ciudadano de a pie descubre que en este país el poder puede cambiar de manos y de color, pero la costumbre de instrumentalizar a las víctimas sigue siendo exactamente la misma.

 
 
 

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