Espejo
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Cicuta
Jaime Flores Martínez
Espejo
Viernes 21 de agosto del 2026.- Aunque su tesis emergió hace más de un siglo, la mayoría de los gobiernos populistas se apegan a la tesis: “la igualdad social absoluta exige una tiranía gubernamental igualmente absoluta”
Y es que hoy, para desgracia de la humanidad, muchas ideas esperan pacientemente a que algún gobierno vuelva a ponerlas de moda.
El ruso Fiódor Dostoievski fue uno de esos escritores capaces de mirar dentro del alma humana y encontrar allí algo menos agradable que la bondad universal.
Dentro de su libro “Los demonios” en 1872, Dostoievski puso en boca de un personaje identificado como Shigaliov una de las formulaciones políticas más siniestras de la literatura: El subraya que partir de la libertad ilimitada, termina en el despotismo ilimitado.
Su sistema prometía una sociedad perfectamente igualitaria, pero exigía que nueve décimas partes de la población perdieran su individualidad y quedaran sometidas a la décima parte restante.
La paradoja es formidable: para fabricar la igualdad había que destruir la libertad.
Dostoievski no escribía un manual para gobernantes, sino algo mucho más incómodo que en este caso era exhibir la lógica interna de ciertas utopías políticas que —en nombre de la felicidad colectiva— terminan por justificar la obediencia colectiva.
Shigaliov, un intelectual convencido que la igualdad social era el mejor sistema, descubre que su fórmula tenía un pequeño inconveniente.
Él supo que la libertad conduce a la igualdad, pero para garantizar esa igualdad hay que imponer disciplina, uniformidad y obediencia.
Ahí entendió que el paraíso social termina pareciéndose demasiado a una cárcel.
La literatura rusa del siglo XIX, de pronto, parece tener la mala costumbre de anticipar ciertos vicios políticos del siglo XXI.
Si nos ubicamos en la actualidad en México la tiranía jamás se presenta como tiranía, pues ningún gobierno moderno sensato se presenta ante los ciudadanos y anuncia: “He venido a quitarles libertad” pues eso sería demasiado honesto.
La fórmula contemporánea es mucho más elegante pues dicen “Estamos aquí para servir al pueblo”.
El problema no está en la frase. ¿Quién podría oponerse a servir al pueblo? No hay duda que el problema comienza en el momento que alguien proclama representar al pueblo y además definir qué quiere el pueblo, quién pertenece al pueblo, quién es enemigo del pueblo y qué instituciones deben desaparecer porque supuestamente “estorban al pueblo”.
Ahí aparece el viejo demonio de Dostoievski, pero con lenguaje administrativo, conferencias de prensa y una sonrisa institucional.
México no es la Rusia de Shigaliov, ni puede afirmarse seriamente que el país viva bajo una tiranía absoluta, pues esa comparación sería históricamente falsa.
Pero la advertencia de Dostoievski resulta pertinente en momentos que un gobierno concentra poder, debilita contrapesos y convierte la mayoría electoral en argumento para cuestionar los límites que —precisamente—deberían proteger a las minorías.
En la actualidad mexicana existe un proceso de concentración del poder que diversos analistas han señalado como un debilitamiento de los contrapesos institucionales, acompañado por una creciente influencia del Ejecutivo sobre organismos y estructuras que antes funcionaban como límites al poder presidencial.
Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿qué ocurre si quien gobierna empieza a considerar que cualquier límite a su poder es un obstáculo para cumplir “la voluntad popular”?
La respuesta histórica no suele terminar
La palabra “pueblo” posee una ventaja extraordinaria: nadie puede discutir con ella porque nadie sabe exactamente quién es.
¿El pueblo es quien votó por el gobierno?
¿También forman parte del pueblo quienes votaron en contra?
¿El periodista crítico pertenece al pueblo?
¿El empresario?
¿El juez que contradice al Ejecutivo?
¿El ciudadano que protesta?
¿El académico que cuestiona una reforma?
Por supuesto que todos.
Sin embargo, el populismo necesita convertir una parte del pueblo en el pueblo auténtico y relegar al resto a la categoría de privilegiados, conservadores, enemigos, corruptos, traidores o adversarios.
Ese mecanismo resulta particularmente peligroso porque permite transformar una discusión democrática en una batalla moral, pues ya no se debate si una política pública funciona.
Se decide si quien la cuestiona está del lado correcto de la historia.
Y si la política adquiere una dimensión moral absoluta, entonces el adversario deja de ser un ciudadano con una opinión distinta y se convierte en alguien que merece ser derrotado por razones éticas.
Dostoievski entendió perfectamente ese mecanismo: la frase es simple: “De la igualdad a la obediencia”.
Herrera
Con las uñas afiladas llegó hace 4 meses Salvador Herrera como encargado de la oficina de Autotransporte Federal en Tijuana en lugar del tristemente célebre Francisco Domínguez García.
Resulta que Herrera dejó una jefatura de departamento de la dependencia en Ensenada para suplir al destituido Francisco Domínguez.
Aunque Herrera sabe que llegó a Tijuana en calidad de “interino”, se ha atrevido a pregonar que puede quedarse porque “está aceitando” a un superior.
Quizá por ello, el señor Herrera ya le impuso una cuota en dólares a prestadores de servicio (a cambio de no molestarlos) y también puso su tarifa para resolver rápidamente asuntos que se presentan en su oficina.
Roedor suplió a roedor.
Positivo
Qué bueno que continúan las llamadas Jornadas del Pueblo que realiza el gobierno de Tijuana.
El pasado miércoles los habitantes de la Colonia Hidalgo recibieron la atención de las diversas dependencias municipales, lo que facilitan trámites.
Muchos habitantes de esa ciudad aplauden este tipo de jornadas, pues la población es la mayormente beneficiada.
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