El circo de las minorías

Por C.W. Munguía
26 de octubre de 2026.- Hay una diferencia sustancial entre la confrontación de ideas y el mero aspaviento de tribuna. En las últimas semanas, la opinión pública mexicana ha sido testigo de un espectáculo recurrente: manotazos, gritos, bravuconadas y conatos de bronca en el recinto legislativo.
Entre los protagonistas más estridentes de este circo figura el diputado federal plurinominal del PRI, Carlos Gutiérrez Mancilla. Sin embargo, cometeríamos un error de apreciación si le otorgamos a estas grescas el rango de "crisis política" o "resistencia parlamentaria". Lo que estamos presenciando no es exceso de carácter ni firmeza ideológica; es, sencillamente, la indigencia estratégica de una oposición que confundió la política con la nota roja.
Atrapados en la irrelevancia del voto popular y reducidos al cobro de la lista plurinominal, ciertos sectores del viejo régimen han descubierto que el insulto cotiza más alto en redes sociales que la presentación de una iniciativa trabajada. Cuando un partido se queda sin proyecto de país que ofrecer, sin cuadros capaces de articular una alternativa técnica y sin la fuerza numérica para modificar una sola coma en el presupuesto, el escándalo se convierte en su única herramienta de sobrevivencia mediática.
Se trata de la política del chispazo: cambiar el debate parlamentario por el video corto en X; intercambiar la falta de argumentos por la postura de retador de barrio. Para personajes cuya llegada a la Cámara no dependió del sudor de una campaña territorial sino del bolígrafo de su dirigencia, la bravuconería cumple una función narcisista: simular que se "da la batalla" cuando en realidad solo se busca el encuadre para la cámara.
El verdadero peligro de este fenómeno no es la vulgaridad en sí misma, sino la trampa en la que cae la propia ciudadanía al prestarle atención. Darle la nota principal a la patada de ahogado es validar la patanería. Mientras las cámaras enfocan el grito y la gresca, se pierde de vista lo verdaderamente importante: la fiscalización seria de los recursos públicos, la discusión del presupuesto de egresos, la crisis de seguridad y las deudas pendientes en materia de salud e infraestructura.
Exigirle nivel al poder en turno es una obligación democrática fundamental. Pero exigirle decoro, sustancia y altura a la oposición es la única manera de evitar que la representación popular se degrade en una platica de sobremesa.
En este país, la bravuconería no sustituye a la inteligencia, y la estridencia de las minorías no es sinónimo de liderazgo. A quienes hoy pretenden hacer carrera a fuerza de empujones en la tribuna, habría que recordarles una máxima elemental: contra la falta de ideas, el ruido nunca ha sido una propuesta de gobierno.










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