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Un taco en el Super Bowl, cuando la cultura migrante irrumpe donde el poder no quiere verla

  • Foto del escritor: Cicuta Noticias
    Cicuta Noticias
  • hace 7 horas
  • 3 Min. de lectura

Por Daniel Lee Vargas

Ciudad de México 10 de febrero 2026.- El momento más político del Super Bowl 2026 no fue un discurso, ni una consigna, ni una bandera ondeando. Fue un taco.

En un país obsesionado con la seguridad fronteriza, las redadas y la criminalización del migrante, Bad Bunny decidió colocar a un taquero —hijo de migrantes mexicanos— en el centro del espectáculo televisivo más visto del mundo. Un gesto mínimo en apariencia, demoledor en su significado.

La presencia de Víctor Villa no fue una anécdota simpática ni una excentricidad artística. Fue una provocación directa al relato oficial que insiste en presentar a los migrantes como amenaza, carga o problema. Villa apareció como lo que realmente son millones de migrantes: trabajadores, creadores, emprendedores, portadores de una cultura que Estados Unidos consume con avidez, pero a la que niega derechos y dignidad.

Resulta incómodo admitirlo, pero sin migrantes no hay tacos en Los Ángeles, ni campos cultivados, ni restaurantes de prestigio, ni ciudades vibrantes. Sin migrantes, tampoco habría espectáculo. Sin embargo, el mismo sistema que lucra con su trabajo es el que los persigue, encarcela y deporta.

Por eso el gesto de Bad Bunny incomoda. Porque rompe con la narrativa de que el éxito latino debe ser aséptico, despolitizado y agradecido. Porque no presentó a México como postal turística, sino como fuerza viva y trabajadora. Porque puso a un taquero —no a un influencer— frente a millones de espectadores.

El silencio del taquero Víctor Villa en escena fue más elocuente que cualquier discurso. No pidió permiso. No pidió perdón. No explicó su presencia. Simplemente estuvo ahí, cocinando, existiendo, resistiendo.

Villa nació en territorio estadounidense, pero sus raíces se hunden en Michoacán, de donde emigraron sus padres empujados por la precariedad y la promesa, siempre incierta, del llamado “sueño americano”. Como muchos niños migrantes, creció entre dos mundos: el idioma, la comida y las tradiciones heredadas en casa, y la presión constante por adaptarse a un país que consume la cultura latina, pero criminaliza a quienes la producen.


Esa identidad híbrida encontró su cauce en la cocina. Víctor Villa convirtió la tradición taquera mexicana en proyecto de vida y sustento. Comenzó cocinando desde espacios familiares y terminó consolidando Villa’s Tacos, un negocio que hoy es referente en Los Ángeles. Su propuesta no solo preserva sabores mexicanos: los reinterpreta con orgullo, técnica y carácter.

Su taquería ha sido reconocida tanto por el público —con altas calificaciones— como por la crítica especializada. La Guía Michelin la destaca como uno de los puntos gastronómicos más relevantes de la zona, subrayando la complejidad de sus tacos, la calidad de los ingredientes y la fuerza de sus salsas, algunas descritas como “ferozmente picantes”. Un reconocimiento impensable, hace apenas unas décadas, para un puesto asociado históricamente a la informalidad y la marginalidad.

Que Víctor Villa apareciera en el Super Bowl no fue un gesto decorativo. Fue un recordatorio de que los migrantes no solo limpian, construyen o cosechan: también crean cultura, identidad y economía. Fue, además, una respuesta directa al clima político que se vive en Estados Unidos, marcado por redadas, discursos de odio y políticas migratorias cada vez más agresivas, impulsadas por Donald Trump y ejecutadas con violencia por agencias como el ICE.

Y esa es la gran lección: los migrantes no necesitan justificación para ocupar espacio. Ya sostienen la economía, la cultura y la vida cotidiana de Estados Unidos. El problema no es su presencia; es la hipocresía de un país que los necesita, pero los desprecia.

Un taco en el Super Bowl no cambia las leyes migratorias. Pero sí cambia el relato. Y en tiempos de persecución, cambiar el relato también es una forma de resistencia.

Víctor Villa no habló. No fue necesario. Su presencia fue el discurso.

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