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Un martillo, un video y una narrativa, así se fabrica el enemigo migrante

  • hace 22 minutos
  • 3 Min. de lectura

Por Daniel Lee Vargas

De la tragedia al discurso de odio

Ciudad de México, 11 de abril 2026.- Un homicidio ocurrido en una gasolinera de Florida reactivó el debate migratorio en Estados Unidos, luego de que el presidente Donald Trump difundiera en su cuenta de Truth Social un video del ataque, en el que una mujer fue asesinada con un martillo. En su publicación, el mandatario aseguró que el presunto agresor es un inmigrante haitiano en situación irregular.

En el mismo mensaje, Trump responsabilizó directamente a su antecesor, Joe Biden, al afirmar que el sospechoso permanecía en el país debido a políticas migratorias como el Estatus de Protección Temporal (TPS). A partir de este caso, el presidente retomó su discurso contra la migración y endureció sus críticas tanto a la oposición demócrata como al poder judicial.

Sin embargo, hay que poner esto en perspectiva: el problema no es el crimen —que debe castigarse—, sino su manipulación para justificar políticas y discursos que terminan castigando a millones de personas que no tienen nada que ver

Se trata sin duda de un crimen atroz que, por sí mismo, exige justicia, investigación rigurosa y respeto a la víctima. Pero en manos de Trump, el hecho deja de ser un caso penal para convertirse en un instrumento político de alto voltaje: una pieza más en la maquinaria del miedo.

Para las organizaciones de migrantes mexicanos en Estados Unidos el mensaje es de una profunda indignación. Condenan sin matices cualquier acto de violencia.

Y advierten: El discurso difundido desde la plataforma Truth Social no busca informar: busca infundir miedo. Es parte de una estrategia sistemática que reduce a los migrantes a una categoría de amenaza, ignorando deliberadamente su contribución histórica a la economía, la cultura y el desarrollo de Estados Unidos.

El recurso no es nuevo, pero sí cada vez más agresivo. La estrategia consiste en seleccionar un hecho violento —real, doloroso, incuestionable— y amplificarlo hasta convertirlo en símbolo. El problema, repito, no es denunciar el crimen; el problema es utilizarlo para construir una narrativa donde millones de personas quedan reducidas a una amenaza colectiva. En esa operación, la víctima desaparece y el migrante se convierte en caricatura: criminal, inestable, peligroso por definición.

Trump va más allá. No se limita a culpar a su adversario político; también arremete contra el poder judicial, cuestionando a los jueces que han frenado algunas de sus políticas migratorias. Este ataque frontal no es casual. Forma parte de una lógica más amplia: desacreditar cualquier contrapeso institucional que limite una agenda de deportaciones masivas y restricciones severas. Cuando el discurso político convierte a los tribunales en “enemigos”, la democracia entra en una zona de riesgo.

En el centro del argumento aparece el TPS, un mecanismo humanitario diseñado para proteger a personas provenientes de países en crisis. Trump lo describe como un sistema “fraudulento” y “abusado”, ignorando deliberadamente su origen: conflictos armados, desastres naturales, colapsos institucionales. La simplificación es funcional: si el TPS es fraude, entonces quienes lo reciben no son víctimas, sino oportunistas. Y si son oportunistas, entonces la expulsión masiva se vuelve políticamente justificable.

El punto más inquietante del mensaje llega con una frase que sintetiza toda una visión del mundo: “Si importas el Tercer Mundo, te conviertes en el Tercer Mundo”. No es sólo una consigna; es una declaración ideológica. En ella se condensa una idea profundamente jerárquica: hay sociedades superiores que deben protegerse de otras consideradas inferiores. Es un lenguaje que no sólo criminaliza la migración, sino que estigmatiza el origen, la pobreza y la diferencia cultural.

Hay algo más: el uso del miedo como herramienta política tiene consecuencias concretas. No se queda en el discurso. Se traduce en redadas, detenciones arbitrarias, separación de familias, deportaciones aceleradas. Se traduce en comunidades enteras viviendo bajo sospecha permanente. Se traduce en una sociedad que empieza a normalizar la deshumanización.

El caso de Florida, entonces, no es sólo un crimen trágico. Es un espejo. Refleja cómo un hecho aislado puede ser convertido en arma política, cómo el dolor puede ser instrumentalizado y cómo la verdad puede quedar atrapada entre intereses electorales. La pregunta no es si el crimen ocurrió —ocurrió y debe castigarse—, sino qué se hace con él.

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