Sobresalto en Palenque
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Jaime Flores Martínez
Miércoles 29 de abril del 2026.- Sobresaltado al conocer que los gringos acusaron formalmente de narcotraficante al actual gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya, el expresidente Andrés Manuel López Obrador debió sentir que el piso se movía.
¡La noticia debió tomarlo mal parado!
Y es que en su finca de Palenque, entre ceibas, silencio y la liturgia tropical del retiro voluntario AMLO seguramente no esperaba que le tocaran la puerta con semejante recado.
Alguien debió informarle que momentos antes, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó cargos formales contra su amigo y viejo aliado político Rubén Rocha Moya, a quien señalan por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa, además de conspiración para introducir grandes cantidades de narcóticos a territorio estadounidense.
Como ya trascendió, esta acusación también alcanza a otros 9 funcionarios y exfuncionarios sinaloenses.
Aquí vale señalar que esto no es un chisme de sobremesa ni tampoco una filtración de pasillo.
La realidad es que la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, junto con la DEA, sostiene que los acusados habrían intercambiado protección política, respaldo institucional y favores de poder por la operación criminal del cártel de Sinaloa.
Tal acusación incluye delitos conexos con armas y —según medios estadounidenses y mexicanos— podría derivar en penas muy severas, entre ellas la cadena perpetua para algunos implicados.
Y es ahí, en Palenque, Chiapas, donde la escena se vuelve literaria.
Dicen que el poder no se jubila, sino que se repliega y —seguramente— algo cruzó por la cabeza de López Obrador y no precisamente la serenidad franciscana. Su interrogante mental pudo ser toda la información que tiene Rocha Moya.
Habrá que subrayar que Rocha no fue un gobernador cualquiera pues fue defendido públicamente por el obradorismo en momentos que crecían las sospechas sobre su cercanía con la operación de Los Chapitos.
Ahora Washington no hace preguntas sino lanza acusaciones directas.
Para AMLO y para el actual gobierno mexicano ahí está el problema.
Alguien debe señalar que, en política, los amigos no son amigos sino “archivos vivientes”.
Si Rocha Moya siente que lo dejan solo, si percibe que no hay una férrea defensa desde Palacio Nacional, entonces entenderá que en México el fuero ya no alcanza para cruzar la frontera.
Visto así, Rocha podría optar por la vieja estrategia de supervivencia que —en este caso— sería “hablar”.
En los momentos de apremio hablaría de campañas, de operadores, de pactos silenciosos, de visitas discretas, de acuerdos que nunca se escribieron, pero todos entendían.
Diría “quién sabía qué y desde cuándo”
Hablaría incluso de aquello que en el obradorismo siempre se negó con indignación teatral.
En ese escenario sería medianamente fácil observar que AMLO quedaría con los dedos atorados en la puerta.
Porque una cosa es defender a un aliado desde la mañanera y otra muy distinta es verlo sentado frente a fiscales federales en Nueva York, con expedientes, grabaciones y la promesa clásica del sistema norteamericano.
La autoridad estadounidense le diría coopera y tu caída será menos dolorosa.
Habrá que puntualizar que visto desde esa perspectiva la presidenta Claudia Sheinbaum tampoco saldría ilesa pues este terremoto no distingue sexenios.
Si Washington aprieta, México entra en una zona de turbulencia diplomática feroz, es decir, extradiciones, presiones, discursos nacionalistas y la inevitable narrativa de “intervencionismo” contra Estados Unidos.
En este caso el problema no es la soberanía ofendida pues si las pruebas sostienen lo que la acusación insinúa, entonces a México se le derrumbaría el escenario pues quedaría en evidencia que, parte del poder político de Sinaloa no combatía al narco, sino que convivía con él.
Sería tanto como la confirmación brutal de algo que millones sospechan desde hace años: que en ciertas regiones del país el crimen no infiltra al poder, sino que lo administra.
Está muy claro: si Rocha cae no caerá solo y eso en Palenque lo saben.
Por eso hoy el café debió saber amargo, el rancho debió verse más pequeño y el retiro se sintió menos pacífico.
Si Estados Unidos toca la puerta con una acusación formal, es obvio que ya no se trata de propaganda.
Un observador diría que en política, el miedo siempre tiene memoria.










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