Pobreza laboral, trabajar ya no basta para salir adelante
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Columna Horas Extras
Por Daniel Lee Vargas
Ciudad de México 03 de agosto de 2026.- Hay una cifra que debería provocar indignación nacional: dos de cada tres mexicanos que viven en pobreza laboral permanecen atrapados en ella al menos durante un año. No se trata de personas que no trabajan. Todo lo contrario. Trabajan, producen, sostienen hogares y contribuyen a la economía, pero su esfuerzo no les alcanza para garantizar lo más elemental: alimentar a sus familias. Ésa es la radiografía que presenta el más reciente Semáforo de Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), y el mensaje es contundente: en México, el trabajo ha dejado de ser una vía segura para superar la pobreza.
El dato es aún más preocupante porque desmonta uno de los mitos más repetidos en el discurso público: que el empleo, por sí solo, garantiza movilidad social. La realidad demuestra lo contrario. El 66 % de quienes estaban en pobreza laboral durante el primer trimestre de 2025 continuaron en esa condición un año después, mientras apenas el 34 % logró salir de ella. No es una cuestión de esfuerzo individual, sino de las condiciones estructurales que determinan las oportunidades de millones de personas. El lugar donde nacen, el estado donde viven, el tipo de empleo que consiguen, el acceso a seguridad social y hasta el género de quien encabeza el hogar siguen definiendo las posibilidades de avanzar.
Las diferencias regionales revelan un país profundamente desigual. Vivir en Chiapas, Guerrero, Veracruz o Hidalgo aumenta significativamente la probabilidad de permanecer en pobreza laboral. No es casualidad. Son entidades donde convergen baja productividad, elevada informalidad, menor inversión privada, rezagos educativos y limitadas oportunidades para generar empleos de calidad. La geografía del desarrollo sigue siendo, en buena medida, la geografía de la desigualdad.
El estudio también confirma una deuda histórica con las mujeres. Los hogares encabezados por mujeres presentan una mayor probabilidad de permanecer en pobreza laboral. Detrás de esta estadística existen factores ampliamente documentados: brechas salariales, una distribución desigual de las tareas de cuidado, menor acceso a empleos formales y mayores obstáculos para desarrollar una trayectoria laboral continua. No basta con reconocer la desigualdad; es indispensable corregirla mediante políticas públicas que permitan conciliar trabajo y cuidados, ampliar la cobertura de servicios infantiles y garantizar igualdad de oportunidades en el mercado laboral.
Sin embargo, el dato que mejor explica este círculo vicioso es otro: el 91 % de quienes permanecen en pobreza laboral trabajan en la informalidad. La informalidad deja de ser únicamente un indicador económico para convertirse en una barrera casi infranqueable contra la movilidad social. Sin seguridad social, sin ahorro para el retiro, sin acceso a crédito, capacitación o protección laboral, millones de trabajadores quedan condenados a sobrevivir en empleos de baja productividad que difícilmente les permitirán mejorar su ingreso de manera sostenida.
México ha registrado avances importantes en algunos indicadores laborales. La pobreza laboral agregada disminuyó a 30.7 % de la población durante el primer trimestre de 2026, su nivel más bajo desde que existen registros comparables, impulsada principalmente por el aumento de los salarios mínimos y la recuperación del ingreso laboral. (
Sin embargo, estos avances conviven con una realidad incómoda: salir estadísticamente de la pobreza laboral no significa haber roto la trampa de la precariedad. Una parte importante de quienes mejoran sus ingresos continúa haciéndolo desde empleos informales, sin estabilidad ni protección social. Es decir, la mejora existe, pero sigue siendo frágil.
Éste es el gran desafío del mercado laboral mexicano. Durante años se ha celebrado la creación de empleos sin preguntarnos qué tipo de empleos son. La cantidad importa, pero la calidad importa mucho más. Una economía que genera millones de ocupaciones sin prestaciones, sin productividad creciente y con salarios limitados difícilmente podrá construir una clase media sólida o reducir de manera permanente la desigualdad.
Por ello, la discusión no puede reducirse al incremento del salario mínimo ni al número de personas ocupadas. México necesita una estrategia integral que incentive la inversión productiva, fortalezca a las pequeñas y medianas empresas, impulse la capacitación laboral, facilite la transición hacia la formalidad y reduzca las enormes brechas regionales que siguen condenando a millones de personas por el simple hecho de haber nacido en determinada entidad.
La movilidad social no puede depender del código postal, del género o de la suerte. Un país donde trabajar no garantiza superar la pobreza es un país que desperdicia talento, limita su crecimiento económico y profundiza la desigualdad generación tras generación.
La verdadera pregunta ya no es cuántos mexicanos tienen empleo. La pregunta es mucho más incómoda: ¿de qué sirve trabajar todos los días si, aun así, la pobreza sigue siendo el destino más probable? Mientras esa respuesta siga siendo la misma para millones de familias, el desarrollo de México continuará siendo una promesa incumplida.










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