Mofa justificada
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Jaime Flores Martínez
Martes 10 de marzo del 2026.- La escena resultó incómoda para el gobierno mexicano. El presidente de Estados Unidos Donald Trump se burló de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum con su estilo habitual: ironía, exageración y una dosis de desprecio político.
Quienes tuvieron oportunidad de ver lo que hizo Trump el sábado, no pueden negar que se mofó de Sheinbaum.
Allí refirió su vieja promesa de combatir a los cárteles mexicanos y fue exactamente en ese momento que “arremedó” a su homóloga.
La burla no fue casual. Trump sabe que México representa un tema rentable para el electorado estadounidense. Migración, fentanilo y narcotráfico forman parte de un mismo paquete discursivo.
En ese libreto, México aparece como un vecino incapaz de controlar su propia casa.
La respuesta de Sheinbaum llegó el lunes, aunque fue una respuesta institucional, prudente y cuidadosa. La presidenta rechazó —otra vez— cualquier intervención extranjera en territorio mexicano y subrayó que México es un país soberano. El mensaje incluyó una frase clara que avala la escénica de la mofa de Trump: Estados Unidos no debe entrar a México a combatir a los cárteles.
Habrá que subrayar que la defensa de la soberanía resulta lógica. Ningún jefe de Estado aceptaría lo contrario.
Sin embargo, la declaración dejó un vacío incómodo. Sheinbaum dijo lo que Estados Unidos no lo debe hacer, pero no dijo con contundencia que su gobierno tiene la capacidad real de derrotar a los cárteles. Ese silencio pesa.
Trump detecta esas zonas grises con facilidad. Por eso las explota. Cada burla tiene un objetivo político: reforzar la narrativa de que México perdió el control del crimen organizado. El mensaje apunta a los votantes estadounidenses, aunque golpea la imagen internacional del gobierno mexicano.
La respuesta mexicana tampoco abordó otro punto central del debate: el tráfico de armas desde Estados Unidos hacia México. Durante años, los gobiernos mexicanos sostuvieron que gran parte del poder de fuego de los cárteles proviene del mercado estadounidense. La explicación tiene fundamento. Miles de armas cruzan la frontera cada año, aunque esa tesis tiene límites evidentes.
La violencia criminal en México no depende únicamente del flujo de armas provenientes de Estados Unidos. Los cárteles operan como redes globales. Compran armas en mercados negros internacionales. Centroamérica, Europa del Este y Sudamérica ofrecen rutas alternativas. Si Washington cerrara completamente el paso de armas —un escenario improbable— los grupos criminales mexicanos buscarían otro proveedor.
Debe añadirse que el problema de fondo no se encuentra solo en el origen de las armas. El problema se encuentra en el poder territorial de los cárteles dentro de México.
Ahí surge la pregunta incómoda que Trump explota con sarcasmo: ¿El Estado mexicano puede enfrentar a esas organizaciones sin ayuda extranjera?
La estrategia de seguridad de los últimos años no despeja la duda. El país registra cifras históricas de homicidios desde el inicio del sexenio de Andrés Manuel López Obrador.
La política de “abrazos, no balazos” buscó aparentemente reducir la violencia con programas sociales y contención militar limitada.
No obstante, el resultado ofrece un panorama ambiguo. Algunos delitos bajaron, aunque el control territorial del crimen organizado creció en muchas regiones y Sheinbaum heredó esa ecuación.
Por eso la burla de Trump golpea donde más duele. El presidente estadounidense plantea una intervención militar a México por enésima ocasión.
Sin embargo, la narrativa se fortalece cuando el propio gobierno mexicano evita afirmar con claridad que “puede derrotar” a los cárteles por sí mismo.
El dilema se vuelve evidente y goza del respaldo social: aceptar ayuda extranjera implica ceder soberanía. Negarla exige demostrar capacidad.
No hay duda que Trump se burla porque percibe debilidad política. Sheinbaum responde con cautela porque cualquier palabra mal colocada puede escalar una crisis diplomática.
Entre la burla y la prudencia aparece una sospecha incómoda que recorre la conversación pública mexicana: el Estado enfrenta a organizaciones criminales con poder económico, territorial y militar que en muchos lugares supera a las autoridades locales.
La discusión ya no gira solo alrededor de las armas que cruzan la frontera. La pregunta central resulta otra:
¿El gobierno mexicano puede recuperar el control del país sin ayuda extranjera?
Mientras esa respuesta no llegue con hechos contundentes, las burlas de Trump encontrarán terreno fértil. Y cada silencio desde Palacio Nacional ampliará la sombra de dos hipótesis que el gobierno detesta escuchar: incapacidad… o complicidad.










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