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China

  • hace 4 horas
  • 3 Min. de lectura



Cicuta

Jaime Flores Martínez

China 

Viernes 27 de marzo del 2026.- Sometida a una presión brutal por dos distintos flancos, la presidenta Claudia Sheinbaum se revuelve en su necesidad de mantener los aplausos de su rebaño, aunque deja de lado lo verdaderamente importante: el crecimiento del país.

Y es que Sheinbaum no ha visualizado que su ideología y, la presión de su antecesor Andrés Manuel López Obrador, chocan de frente con los arranques, el desquiciamiento y los evidentes intereses del presidente de Estados Unidos Donald Trump.

La señora Sheinbaum está tan sometida a las presiones del norte y del sur que se observa incapaz de construir un crecimiento económico sin dejar de lado su ideología.

Parece que no ve que China es un país que practica el comunismo solo en el discurso, aunque en cuestión económica maniobra con el sistema capitalista.

Durante décadas, el poder político en China repite una fórmula que pretende conciliar lo inconciliable: socialismo con características chinas.

Ese término suena elegante, académico, casi filosófico, aunque la realidad resulta mucho más simple. En lo económico, China opera como “un capitalismo autoritario” dirigido por el Estado y controlado por el Partido Comunista de China.

Indiscutiblemente el comunismo clásico prometía abolir la propiedad privada, eliminar el mercado y centralizar la producción en manos del Estado.

Ese modelo dominó China durante el gobierno de Mao Zedong y sin embargo el resultado fue una economía paralizada, hambrunas masivas y un país pobre.

Pasó el tiempo y el giro notable ocurrió tras la muerte de Mao. El arquitecto del cambio fue Deng Xiaoping.

Su fórmula no tuvo romanticismo ideológico sino pragmatismo. “No importa si el gato es blanco o negro; lo importante es que cace ratones”.

A partir de finales de los años setenta China abrió el país al capital privado, autorizó empresas, permitió inversión extranjera y convirtió zonas costeras en laboratorios capitalistas.

Desde ese momento China se transformó en la segunda economía del planeta. Empresas privadas producen la mayor parte del crecimiento industrial. Multinacionales operan en su territorio. Millones de ciudadanos poseen negocios, propiedades y acciones.

Aunque el discurso oficial habla de socialismo, en realidad es capitalismo bajo vigilancia política con ideología comunista.

La comparación con Corea del Norte expone el contraste con brutal claridad.

Corea del Norte mantiene un modelo comunista rígido. El Estado controla casi toda la producción. El comercio exterior permanece limitado. La iniciativa privada apenas existe. El resultado económico muestra cifras devastadoras.

El ingreso per cápita anual en Corea del Norte ronda los mil 200 dólares, mientras que en China la cifra supera los 12 mil dólares anuales.

La diferencia no es menor. En los hechos es casi diez veces mayor.

Esa brecha también se refleja en infraestructura, tecnología y consumo. China construye trenes de alta velocidad, desarrolla inteligencia artificial y lanza estaciones espaciales. Corea del Norte depende de ayuda alimentaria internacional y de exportaciones marginales.

La ironía histórica resulta evidente.

El país gobernado por un partido comunista abrazó el mercado, es decir, el capitalismo.

Contrariamente los países que presumen pureza ideológica, léase Corea del Norte, Cuba e incluso México (aunque en otro nivel) permanecen atrapados en la escasez.

Habrá que subrayar que China tampoco encarna el capitalismo liberal occidental. El poder político —de ese país asiático—decide qué empresas prosperan y cuáles desaparecen. El Estado interviene en sectores estratégicos. El liderazgo de Xi Jinping reforzó ese control.

Las grandes corporaciones chinas prosperan mientras acepten una regla clara: el Partido manda.

La economía china ofrece una lección incómoda para ideólogos de todos los bandos. El crecimiento no surgió del comunismo ortodoxo. Tampoco nació de una democracia liberal. Surgió de una mezcla peculiar: mercado dinámico, poder político centralizado y disciplina autoritaria.

Pareciera que la presidenta Sheinbaum ignora lo anterior o bien no tiene manera de hacerlo.

Positivo 

Qué bueno que el gobierno de Tijuana se preocupa por mantener limpia la ciudad, especialmente la zona Este, un área tradicionalmente abandonada por las autoridades.

A mediados de semana, dentro del programa “Ciudad Limpia”, el gobierno de la ciudad recolectó 155 toneladas de basura de áreas públicas en esa zona.

Está claro que una ciudad limpia proyecta orden, tranquilidad y progreso.

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