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¡Ya basta! ¿En quién podemos confiar para comer en Tijuana?

hace 17 horas
4 min de lectura

Por: Dr.  Juan Raúl Gil Frías

Tijuana BC, 30 de septiembre del 2026.- Hay momentos en que uno tiene que decir: ya basta.

Y lo digo con conocimiento de causa. Soy chef, he vivido durante años alrededor de la medicina y también conozco la importancia que tienen la higiene, la calidad de los productos y el manejo responsable de los alimentos.

Por eso me preocupa —y me indigna— lo que está ocurriendo en algunos restaurantes de Tijuana.

No voy a mencionar nombres. No porque me falten razones para hacerlo, sino porque mi intención no es convertir esta columna en una vendetta contra establecimientos determinados. Hablo de experiencias personales ocurridas en restaurantes reconocidos, algunos de ellos considerados entre los más afamados de la ciudad.

Y precisamente por eso resulta todavía más preocupante.

¿Qué estamos pagando?

En un restaurante frente al CECUT nos sirvieron una ensalada cuya lechuga llevaba tierra y lodo adheridos a la raíz.

Lo señalamos.

La respuesta de la encargada fue:

—“Qué raro, es de Costco”.

No, señora.

Que la lechuga sea de Costco no la convierte automáticamente en un alimento listo para llegar a la mesa. Hay un proceso que corresponde al establecimiento: revisar, lavar, desinfectar y manipular correctamente los alimentos.

En otro restaurante, antes de llegar a Costco por la Vía Rápida, nos sirvieron una ensalada en un plato donde, increíblemente, venía una servilleta.

Lo reclamamos.

No hubo una disculpa que estuviera a la altura.

No hubo una explicación convincente.

No hubo, aparentemente, la menor preocupación por lo que acababa de ocurrir.

Pagamos una cuenta elevada y nos fuimos.

No volveremos.

Y aquí aparece una pregunta que los restauranteros deberían hacerse:

¿Cuánto vale realmente perder para siempre a un cliente?

Cuando la comida termina en el estómago

Frente a las Torres de Agua Caliente pedimos dos hamburguesas vegetarianas.

Horas después, mi esposa presentó una fuerte afectación gastrointestinal.

No voy a cometer la irresponsabilidad de afirmar que el alimento fue necesariamente la causa. Para establecer eso se requiere evidencia clínica y sanitaria.

Pero tampoco voy a fingir que no ocurrió.

Cuando un cliente reporta una reacción después de consumir un alimento, el establecimiento debería escuchar, investigar y preocuparse.

Porque la comida no es un adorno.

Entra al cuerpo del cliente.

Y cuando se maneja incorrectamente, puede convertirse en un problema sanitario.

La fama no se come.

En uno de los restaurantes más antiguos de Tijuana, un lugar que durante años consideré apropiado para socializar y recibir invitados, encontramos nuevamente una experiencia decepcionante.

Los platillos eran de pésima calidad y algunos alimentos presentaban características que nos hicieron sospechar que no eran frescos.

Llamé al capitán.

Esperaba una disculpa.

No la percibí.

Esperaba una explicación.

Tampoco.

La cuenta llegó completa.

Y ahí se terminó una relación de años con un establecimiento que alguna vez consideré de mis favoritos.

Esto es algo que quizá algunos empresarios no han entendido:

la fama no sustituye la calidad.

Tampoco la antigüedad.

Ni una decoración costosa.

Ni una ubicación privilegiada.

Ni una larga fila afuera.

El cliente finalmente se queda con lo que llevó a la boca.

Y la paella...

He recorrido distintos establecimientos de Tijuana buscando una buena paella.

La experiencia tampoco ha sido satisfactoria.

Pero en una ocasión el problema dejó de ser simplemente gastronómico: en una paella que pedimos para llevar aparecieron dos camarones negros, aparentemente en mal estado.

Eso no tiene nada que ver con gustos personales.

Un producto del mar debe ser revisado antes de cocinarse y antes de entregarse.

Es una responsabilidad elemental.

También escribí directamente a un establecimiento especializado en carnes en su jugo para expresar mi inconformidad por la dureza de la carne y la pésima sazón del platillo.

Porque alguien tiene que decirlo.

Tijuana no merece esto

Lo verdaderamente grave es que el problema trasciende al restaurante.

Tijuana ha construido durante décadas una identidad gastronómica propia.

Tenemos chefs talentosos.

Tenemos productos extraordinarios.

Tenemos cocineros que trabajan con seriedad y restaurantes que sí entienden lo que significa servir al público.

Pero precisamente por eso resulta inadmisible que determinadas prácticas terminen afectando la imagen de toda la ciudad.

Un visitante no necesariamente distingue entre un restaurante y otro.

Una mala experiencia puede convertirse en una opinión sobre Tijuana.

Y eso nos afecta a todos.

No es caro comer mal. Es caro que nos engañen.

Aquí está el punto.

Nadie está obligado a comer en un restaurante.

Pero quien decide hacerlo espera recibir algo elemental: un alimento en condiciones adecuadas, preparado con profesionalismo y servido con respeto.

Y si algo sale mal, espera una respuesta igualmente profesional.

No una justificación.

No un “qué raro”.

No silencio.

No una cuenta cobrada como si nada hubiera ocurrido.

Una disculpa.

Una explicación.

Una solución.

Eso también forma parte del servicio.

Por ahora, cocinaré en casa

Después de tantas experiencias desagradables, he tomado una decisión personal: prefiero cocinar en casa.

Sé qué compro.

Sé cómo lo lavo.

Sé cómo lo conservo.

Sé cómo lo preparo.

Y sé cuánto me cuesta.

Tal vez algún día vuelva a sentir la confianza suficiente para salir a comer como antes.

Ojalá.

Porque sería lamentable que un tijuanense tenga que decirles a sus invitados:

“Mejor no comamos fuera; quién sabe qué nos van a servir”.

Sería todavía más lamentable que esa frase terminara convirtiéndose en la reputación de nuestra ciudad.

No pretendo contar aquí todas mis malas experiencias. Sería demasiado largo y desagradable.

He relatado solamente algunas.

Y sobre los restaurantes chinos, por ahora, prefiero guardar silencio.

Pero sí quiero decirles algo a los propietarios, chefs, gerentes y responsables de los restaurantes:

No se confundan.

El cliente no es un número.

No es una cuenta.

No es una tarjeta bancaria esperando ser cobrada.

Es una persona que deposita confianza en ustedes.

Y esa confianza se puede perder en un solo plato.

Como chef y como tijuanense, me niego a aceptar que la mediocridad, la indiferencia y el descuido se conviertan en norma.

Tijuana tiene con qué presumir.

Tiene talento.

Tiene producto.

Tiene tradición.

Tiene chefs capaces.

Lo que hace falta es recuperar algo que nunca debimos perder:

respeto por el comensal.

Porque al final de cuentas, la pregunta no es cuánto cuesta comer en Tijuana.

La pregunta es mucho más incómoda:

¿EN QUIÉN PODEMOS CONFIAR PARA COMER EN TIJUANA?

 
 
 

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