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Serenata Infernal

Cicuta News - Crónicas de la Pandemia - 14/07/2020

Por Ricardo Contreras Reyes

Serenata Infernal

La mujer sintió frío en la espalda y jaló con fuerza el cobertor. Acomodó su almohada y prosiguió su sueño. La madrugada sabatina le auguraba un “día normal” en la rutinaria cuarentena del Covid-19. Ignoraba el infierno que estaba por vivir.

Sabía que los sábados se dispensaba levantarse tarde, tomar café con galletas y volverse a “echar” a la cama en pareja para luego ver alguna serie de Netflix.

Su marido ni se percató del rudo destape, seguía dormido con la boca abierta lanzando ronquidos que bien podrían despertar al vecindario completo.

El joven matrimonio decidió rentar ese departamento en la Roma “porque nos conocimos en el restaurante Sobrinos, después de una exposición en Casa Lamm con amigos; nos queda cerca de nuestro trabajo y porque, digo, la Roma está de moda, da estatus…”

Ahora la suerte les sonreía, trabajaban en el gobierno de la Ciudad de México y gozaban de algunos lujos de los que antes carecieron.

––Somos una pareja, fruto del esfuerzo y del trabajo––, presumía orgulloso el marido al reunirse con amigos.


En medio de la quietud, se escucharon murmullos en la calle, risas discretas y portazos de una camioneta. Se oían sonidos de cuerdas que afinaban guitarras, violines y otros instrumentos musicales. Intentaban, en vano, hacer el menor ruido posible, pero se delataron en la quietud que abrazaba la colonia.


La esposa se percató del movimiento y le dio un codazo en la panza a su marido.

––Ya oíste? ¿A quién se le ocurre traer serenata en plena pandemia?––, preguntó.


El marido despertó contrariado, se frotó los ojos y farfulló: ¿hablas en serio?

––Pues desde aquí se oye––, dijo la esposa al sumergirse en los cobertores.


Varios mensajes de watsap cayeron como una retahíla interminable y ruidosa en el celular del marido, quien se levantó como impulsado por un resorte, abandonó la cama, tomó el teléfono y presuroso se dirigió al cuarto de baño.

––Qué pasa, ¿a dónde vas?–– dijo la esposa sin moverse.

––Voy a mear, no tardo––, contestó el marido con voz entrecortada, mientras se acomodaba el bóxer hasta el ombligo.


Afuera, en la calle, el ruido era más fuerte. Los mariachis se apostaban sobre la banqueta, justo frente al balcón del matrimonio...


Se escuchó la voz de una chica, de tez morena, estatura mediana y enfundada en un ajustado pantalón, quien daba indicaciones a los músicos mientras escribía mensajes en el celular.


Apuraba a los mariachis con la autoridad que da la billetera; uno de ellos le sugirió que se pusiera el sombrero de charro, pero ella declinó, prefirió tomar el tequila que le ofrecían.


––Pero dámelo en vasito, no sea que me contagies de coronavirus, cabrón–, dijo la dama. El músico-cantinero soltó una carcajada.


De un trago la morena bebió el tequila. Carraspeó y escupió una flema sobre la jardinera a un lado de la entrada principal.

––Listo muchachos, ahí les voy–– ¡Comenzó el show!

––Rubén! ¿Pensabas que no lo haría?–– Gritó la morena con las manos puestas sobre su boca en forma de megáfono para que se escucharan más fuertes sus palabras.

––Aquí está tu mujer la de las tetas grandes que dices extrañar desde que empezó la cuarentena.

––Te traigo tu regalito de cumpleaños! Te lo dije, cabrón...

––Te acuerdas de nuestra canción? ¡Rásquenle muchachos!––, apuró al mariachi.


Las trompetas retumbaron sobre los vidrios del edificio a las primeras notas de la canción de José Alfredo Jiménez...


El cantante, con cubrebocas colocado sobre la barbilla, se quitó el sombrero con la mano izquierda y soltó la voz:


“Si nos dejan / nos vamos a querer toda la vida…”

La esposa, quien escuchó todo, se levantó furiosa, se puso pantuflas con rapidez felina, arrebató el primer suéter encontrado en el clóset y con fuertes zancadas enfiló hacia el cuarto de baño.

Con la palma de la mano, la esposa soltó varios golpes en la puerta del sanitario donde su marido seguía encerrado. Tembloroso, intentaba en vano comunicarse con tan inesperada visita.


La morena veía de reojo los mensajes que llegaban a su watsap. Los ignoró displicente al igual que las insistentes llamadas del amante.


Los músicos intercambiaban miradas de asombro, curiosidad, complicidad y hasta de cierto temor; las cosas podrían salirse de control...


En el departamento del matrimonio, tras varios intentos fallidos de abrir la puerta del baño, luego de lanzar amenazas y manotazos, la esposa gritó:


––Te dije que bajaras a controlar a tu puta, le voy a partir la madre, no me dejas otra opción––, gritó al tiempo que enfilo sus zancadas hacia la puerta de salida.


Presurosa oprimió el botón del elevador y la puerta se abrió de inmediato.


El hombre salió espantado del baño y con movimientos torpes por su obesidad se puso en friega el pantalón de mezclilla que había dejado sobre la bicicleta fija y jaló su camisa que se fue poniendo de camino.


Por poco se tropieza al salir de la casa. Sin pensarlo bajó corriendo los dos pisos por la escalera.


Durante el trayecto escuchó los gritos de las mujeres y las voces de los mariachis que pararon la música para apaciguar los ánimos.


Los balcones de los otros departamentos se encendieron como foquitos de Navidad, de uno en uno, hasta iluminar todo el arbolito.


Algunos vecinos curiosos se asomaron con las ventanas abiertas de par en par, otros se ocultaron detrás de las cortinas, pero todos escuchaban la bronca entre risas burlonas, cuchicheos y murmullos.


Abajo, las mujeres pasaron de las ofensas verbales a los golpes.


La abundante caballera de la morena se sacudió en todas direcciones ante el rostro crispado de la esposa que intentaba sacar la casta del orgullo mancillado.


––Dale con todo vecina––, gritó una inquilina del cuarto piso, mientras las mujeres rodaban por la banqueta.

––Llamen a la patrulla––, dijo un anciano del primer piso.


El marido llegó presuroso a la escena y tomó a la morena por la espalda auxiliado por el mariachi de la vihuela.


Ante los bruscos jalones, el cantante perdió el cubrebocas que terminó por los suelos todo pisoteado...


Junto con el mariachi del guitarrón, trataban de calmar a la esposa que lanzaba improperios temáticos de madres y puterías.


Las patrullas policiacas llegaron en pocos minutos; los vecinos aplaudieron su arribo como si fueran salvadores de la patria en peligro.


––Llévense a esa ofrecida, oficial––, gritó desde su balcón una octagenaria que portaba un ridículo gorro azul estampado con medias lunas y estrellitas.

––Dirás puta, vecina, eso es y aquí está la prueba––, enmendó la esposa.


Como abejas al panal, los protagonistas de la serenata infernal se congregaron en torno a las patrullas que mantenían las luces de sus torretas encendidas.


Surgió un bullicio sin fin, todos hablaban al mismo tiempo y no se ponían de acuerdo.

El uniformado en jefe levantó la voz y puso orden. La negociación con los patrulleros fue “pronta y expedita”, como dicen los abogados.


No hubo detenidos, saldo blanco en esta noche de serenata en plena cuarentena.


Algunos testigos aseguran que el marido aflojó cinco billetes azules, “de los de la ballenita”.

Cada quien su golpe, los quiero a todos en sus casas, pero en chinga––, gritó con autoridad el oficial al mando.


La morena jadeante y despeinada por la refriega fue la primera en subirse a su auto.

El marido alcanzó a su mujer, la tomó del brazo y expuso: “flaquita, fue una broma de mal gusto, pero allá arriba te explico”.


––Al departamento no entras ni de broma, animal––, gruñó la esposa sin mirarlo a los ojos.

La mujer ingresó al edificio y azotó la puerta.

El marido vio a su “flaquita”, entrar al elevador.


Cabizbajo, caminó hacia la calle y observó cómo se marchaba la camioneta de los mariachis.

Volteó entonces hacia el edificio y miró cómo poco a poco se apagaban las luces de los departamentos.


Sacó el celular del pantalón y texteó a su esposa: “por lo menos déjame sacar mi cargador”. No obtuvo respuesta.


Miró la pantalla de su teléfono. El reloj marcaba las 4:35 de la mañana.


Resignado, se cruzó de brazos pensando en un pretexto para hacer una visita quizá de varios días o hasta meses a la casa de su progenitora en el municipio de Ecatepec, uno de los sitios más peligrosos de México.


Los riesgos como robos, asaltos con violencia, homicidios y demás, en ese infierno cotidiano de la casa de su madre, para el ángel caído y marido expulsado del paraíso de la Roma, importaban muy poco, le parecían casi un juego de niños.


Recordó con tristeza una sentencia campirana escuchada a temprana edad: Jala más un buen par de tetas, que los bueyes al arado…


Y el marido enfiló sus pasos hacia el norte en busca de la protección materna; luego tomó un taxi donde en la radio se escuchaba de manera ominosa esa canción que dice: “No debes/tener dos amores…es muy complicado/besar en dos bocas…


––Oiga amigo ¿podría apagar su radio?––, le solicitó al chofer acompañando su petición con un billete de 100 pesos.


La radio se silenció pero el infierno en su mente apenas comenzaba...



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