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El Asesino Chatarra

Cicuta News - Crónicas de la Pandemia - 14/07/2020

Por: Blanca Sánchez Flores


El Asesino Chatarra

En medio de la pandemia, a veces se piensa que ellos, los otros, son quienes rechazan los dispositivos de seguridad por arrogancia o simple desafío, pero hay quienes, conscientes de la acechanza, la enfrentan sin poder atender los mínimos de seguridad ni de medidas pertinentes.


Los hay también, y muchos, que deambulan como zombis por las calles sin dimensionar los peligros ni percatarse que la muerte ronda sus pasos.


Por ahí una madre no titubea al comprarle a su hija el cubre bocas de moda, ese con brillitos y colores muy vivos, o el que se ilumina en la oscuridad.


Su pequeña viste a la moda con bermudas y tenis “Converse”, piensa que el Covid-19 es una moda y que las medidas de seguridad son un hobby que debe aprovecharse porque mamá está muy espléndida por el encierro y no regatea peticiones. Ahora es cuando…


Quizá con un sentimiento de culpa por la involuntaria prisión domiciliaria, la madre le complace a la hija todas sus peticiones y ocurrencias incluido el cubre-bocas y mascarilla de poliéster para ir al súper mercado, o al OXXO…


--¡Mamá, quiero unos “churrumais”! (botana de masa de maíz en forma de churrito y aderezada con sal y picante en polvo) Grita la menor muy ufana con la certeza de que no habrá negativa posible. Intuye que por algo raro que sucede, ahora en el encierro, no le niegan ni antojos ni caprichos.


De la misma manera, esa realidad de peligro mortal no permea con toda su carga mortífera en el ánimo de algunos que piensan solamente en contratar la película de moda en Netflix, o en hacer gracejadas en el tik tok de moda.


Ella, la actriz desdibujada de la televisión no titubea en ofrecer como aporte culinario las enfrijoladas, herencia de la abuela, y obtiene más de dos millones de vistas. La mayoría de los comentarios son para burlarse del platillo tan simplón y poco creativo, pero que resulta excelente para el meme y para ganar una primera línea de popularidad.


Ahí está también Hugo López-Gatell, el vocero de la muerte siempre pulcro y serio, sin poder evitar la evocación de la Chimoltrufía porque, así como dice una cosa dice otra…


Las cifras de contagios en la ciudad de México crecen e impactan. Las autoridades dicen que ya aplanaron la curva, pero ésta tiene otros datos muuuy distintos y la muerte está de gran fiesta llevándose mortales por miles.


Los hospitales Covid tienen carteles de “cupo lleno” como si fuera cualquier 14 de febrero, día del amor y la amistad, en los hoteles de paso siempre a reventar. Y remata: aquí ya no se atienden urgencias.


La madre fue al OXXO y lleva gustosa a casa una buena dotación de los “churrumais” que le pidió su hija, la niña del cubre bocas de brillitos y colores muy vivos…


La pequeña agradece el regalo y sube gustosa a convidar al abuelo que reposa tranquilo en su sillón “reposet”.


–Abuelo, ¿quieres un churrumais? Pregunta la menor mientras acerca la bolsita al anciano quien con mano temblorosa y una sonrisa toma la botana chatarra bien cargada de afecto.

Al día siguiente, el abuelo tiene tos, los estornudos no cesan, tiene escalofríos…


Su hija cree que se trata de un simple resfriado, le prepara un té al que exprime dos limones, cubre amorosa a su padre con una frazada y lo deja reposando en su cuarto.


Dos horas después, la nieta del cubre bocas de brillitos y vivos colores grita: ¡mamá, el abuelo se ahoga! Creo que se le atoró el “churrumais”…


La familia lleva con urgencia al abuelo jadeante al hospital, le cuesta mucho trabajo respirar…

Un día después, el abuelo regresó a casa convertido en cenizas y transportado en una pequeña ánfora...


La madre le dijo a la pequeña que su abuelo estaba en esa cajita. Que allí viviría en adelante. La pequeña quedó sorprendida. Y se sintió culpable, cree que el “churrumais” le arrebató la vida al abuelo porque se le atoró en la garganta…


Lo que nunca sabrá es que en esas bolsitas botaneras que su madre llevó a casa con todo amor, allí se transportaba el asesino invisible y silencioso del coronavirus que saltó directamente a la garganta del abuelo como un rufián desalmado.


El Covid-19 no agradece las muestras de cordialidad que le dan las personas al permitirle entrar a sus hogares.


El bicho se muestra firme y se esconde en los empaques, ropas, frutas y todo espacio y lugar posible. Después, con total impunidad, se aloja en los cuerpos más vulnerables y los ataca sin piedad.


Rosario, la pequeña, no entiende porqué su abuelo ya no volvió a casa como siempre lo conoció: en persona, no en simple polvo.


Molesta y triste, arroja su cubre bocas de brillitos y vivos colores al suelo, se sienta en el reposet del abuelo y con lágrimas ahogadas con su muñeca de trapo, le pide perdón al amado padre de su madre y en ofrenda de plena convicción, le promete que renuncia por siempre a comer sus sabrosos “churrumais”, su comida chatarra favorita…


Si un “churrumais” le quitó a su abuelo, es de justicia que ese enemigo mortal nunca vuelva a entrar a la casa.


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