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Retache: México no sabe recibir a sus migrantes

  • hace 8 minutos
  • 3 min de lectura

Por Daniel Lee Vargas

Ciudad de México 04 de septiembre de 2026.- México sabe despedir a sus migrantes. Sabe contar sus remesas. Lo que todavía no sabe es cómo recibirlos cuando regresan.

La historia de Mariano Ávila lo demuestra. Después de vivir 30 años en Estados Unidos, tener ciudadanía estadounidense y construir allá buena parte de su vida, decidió volver a México en 2025. No regresó esposado ni deportado. Regresó por decisión propia, con experiencia, conocimientos y una familia. Y aun así descubrió algo incómodo: volver a casa puede convertirse en otra experiencia de extranjería.

De esa dificultad nació Retache, una plataforma que comenzó explicando trámites básicos para quienes regresaban y rápidamente encontró a miles de personas buscando orientación. El fenómeno es revelador: mientras las instituciones siguen pensando el retorno como un asunto administrativo, los propios migrantes están creando las herramientas que necesitan para reconstruir su vida.

Y la dimensión del problema ya no permite ignorarlo.

Entre el 20 de enero de 2025 y el 14 de agosto de 2026, Estados Unidos repatrió a 271 mil 193 mexicanos, sin incluir los retornos voluntarios. Cada número representa una historia distinta: deportados, familias que regresan por miedo, trabajadores que perdieron su empleo y personas que, como Ávila, decidieron anticiparse a un escenario que consideraban cada vez más incierto.

Pero México no puede meterlos a todos en la misma bolsa.

Tampoco puede limitarse a recibirlos con una lista de trámites.

El retornado necesita empleo, vivienda, educación, acceso a servicios, reconocimiento de estudios y experiencia laboral, posibilidades reales para emprender y, sobre todo, una puerta de entrada a la sociedad que dejó atrás.

Ahí está la gran falla.

Durante años, México convirtió al migrante en héroe cuando enviaba dólares. Las remesas sostuvieron hogares, comunidades y economías locales. Pero cuando ese mismo mexicano decide regresar, descubre que el país no necesariamente reconoce todo lo que aprendió, construyó y acumuló durante años en Estados Unidos.

Es una contradicción difícil de justificar.

El mexicano que vuelve trae algo que México necesita urgentemente: capital humano.

Trae inglés, oficios, disciplina laboral, experiencia empresarial, conocimientos tecnológicos, contactos comerciales y una perspectiva adquirida en otro mercado. Puede ser trabajador, profesionista, emprendedor o inversionista. No debería ser visto como una carga, sino como una oportunidad.

El problema es que el país suele recibirlo como expediente, no como talento.

El índice Semillas en Trayectoria coloca a los mexicanos de retorno entre los grupos con menor integración en México, con 0.59 sobre 1. El dato debería obligar a replantear la política pública.

Porque integrar no significa simplemente ayudar a tramitar una identificación. Significa conseguir que quien regresa pueda avanzar.

Que el trabajador de la construcción pueda certificar sus capacidades. Que quien estudió en Estados Unidos pueda continuar su formación. Que una persona con experiencia empresarial pueda abrir un negocio sin quedar atrapada en la burocracia. Que los hijos nacidos o criados allá puedan incorporarse a las escuelas mexicanas sin sentirse extranjeros.

El objetivo no debería ser que el retornado sobreviva. Debería ser que prospere.

La frase de Ávila sobre construir un “sueño mexicano” toca el fondo del problema. Durante décadas, millones de mexicanos buscaron oportunidades fuera porque no las encontraron aquí. Ahora algunos están regresando y México tiene la posibilidad de demostrar que puede ofrecerles algo distinto.

Pero eso requiere dejar de pensar en el retorno como consecuencia y empezar a tratarlo como política de Estado.

Retache no tendría que existir para explicar lo que las instituciones deberían facilitar. Sin embargo, su crecimiento demuestra que hay una necesidad real y desatendida.

El mensaje de los retornados también es claro: no quieren compasión ni privilegios. Quieren participar.

Después de tres décadas fuera, Ávila no regresó para vivir al margen de México. Regresó para reconstruir su vida y ayudar a otros a hacer lo mismo.

Ese debería ser el punto de partida.

Porque el verdadero fracaso no sería que un mexicano regresara de Estados Unidos.

El fracaso sería recibirlo como extranjero después de haber dedicado media vida a construir, desde lejos, una parte de este país.

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