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Renee Good no debía morir

  • Foto del escritor: Cicuta Noticias
    Cicuta Noticias
  • hace 22 horas
  • 3 Min. de lectura

Por Daniel Lee Vargas

Cuando la política migratoria se vuelve licencia para matar

Ciudad de México 9 Enero 2026.- La muerte de Renee Nicole Good en Minneapolis no fue un “incidente”, ni un “desenlace lamentable” de un operativo federal. Es un síntoma brutal de algo más profundo y peligroso: la normalización de la violencia institucional en nombre del control migratorio, incluso cuando la víctima no era migrante, tampoco criminal y menos aún “una amenaza real”.

Renee Good era ciudadana estadounidense. Madre de tres hijos. Artista. Creyente. Vecina. Y aun así murió a manos de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en una calle residencial de aquella ciudad. Ese dato —su ciudadanía— ha sido repetido hasta el cansancio. No porque haga su vida más valiosa que la de un migrante indocumentado, sino porque desnuda una verdad incómoda: si esto le puede pasar a una ciudadana, ¿qué queda para quienes viven sin papeles, sin protección y sin voz?

Quienes hoy se manifiestan en las calles no protestan solo por Renee Good. Protestan contra un modelo de seguridad que ha convertido a las comunidades en zonas de guerra, donde agentes federales actúan con lógica militar, armas listas y gatillo fácil, bajo narrativas de “defensa propia” que se derrumban ante los hechos y los videos.

La versión oficial del Departamento de Seguridad Nacional —que Renee intentó atropellar a los agentes— ya fue cuestionada por autoridades locales y estatales. El alcalde de Minneapolis fue claro: el disparo fue imprudente e innecesario. Cuando un gobierno local contradice públicamente a una agencia federal, no estamos ante una diferencia técnica, sino ante una fractura política y moral.

La indignación creció porque la historia de Renee rompió el estereotipo que suele usarse para justificar la violencia estatal. No era una amenaza abstracta. Era la mujer que dejaba a su hijo en la escuela, la vecina que saludaba, la madre cuya casa estaba llena de dibujos de tiza en la acera. Su humanidad fue imposible de ocultar, y por eso el caso detonó algo más que duelo: detonó conciencia.

Las vigilias, los altares improvisados, los cánticos de “Digan su nombre: Renee Good” no son rituales vacíos. Son actos de resistencia frente a un Estado que, una y otra vez, intenta reducir las muertes a expedientes administrativos. Nombrarla es negarse a que su muerte sea absorbida por la estadística.

Para las comunidades migrantes, el mensaje fue todavía más devastador. Desde el despliegue de miles de agentes federales en Minnesota, el miedo se ha vuelto cotidiano: miedo de ir a la escuela, de manejar, de acudir a servicios básicos. La muerte de Renee confirmó lo que muchos ya sabían: ICE no solo persigue estatus migratorios, también siembra terror.

El simbolismo es imposible de ignorar. La casa de Renee Good está a menos de un kilómetro del lugar donde George Floyd fue asesinado. Para Minneapolis —y para Estados Unidos— esa cercanía es una herida abierta. Cambian los uniformes, cambian las agencias, pero el patrón se repite: uso excesivo de la fuerza, justificación automática, y comunidades obligadas a demostrar que la víctima merecía vivir.

Las protestas que se replicaron en Chicago, Los Ángeles y Seattle no son un “efecto dominó” espontáneo. Son la expresión de una fatiga social acumulada frente a políticas que privilegian la represión sobre la dignidad humana. La migración, convertida en amenaza política, ha servido como excusa para expandir poderes, relajar controles y deshumanizar personas.

Quienes hoy salen a las calles no piden impunidad inversa ni venganza. Exigen algo elemental: verdad, rendición de cuentas y un alto a la militarización de la vida civil. Exigen que el uso de la fuerza deje de ser la respuesta automática del Estado. Exigen que ICE rinda cuentas como cualquier otra autoridad armada.

La muerte de Renee Good no puede cerrarse con condolencias ni promesas vagas de investigación. Si este caso no marca un punto de inflexión, el mensaje será devastador: que la vida, incluso la de una ciudadana americana, puede ser sacrificada en nombre de una política migratoria sin rostro y sin límites.

Renee no debía morir. Y quienes hoy se manifiestan lo saben. Por eso no callan. Porque guardar silencio, en este contexto, también mata. Mis condolencias para su familia y amigos.

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