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Regaño

  • hace 4 horas
  • 2 Min. de lectura



Cicuta

Jaime Flores Martínez

Regaño

Viernes 24 de abril del 2026.- Protagonista de acciones que despedazan su propia narrativa, está claro que la presidenta Claudia Sheinbaum es incapaz de controlar sus emociones.

Y aunque pierde el control, levanta la voz y gesticula amenazante ante “el pueblo bueno”, la mandataria dijo al día siguiente del incidente que “no los regañó”.

Aunque algunos de sus aplaudidores se limitan a decir que “la escena resulta incómoda”, la realidad de lo ocurrido en Puebla, el segundo fin de semana de este mes, resulta profundamente revelador.

Ahí la presidenta Sheinbaum protagonizó un momento que rompe la narrativa de “cercanía con el pueblo” que tanto presume la llamada Cuarta Transformación.

Allí frente a un grupo de habitantes inconformes por la futura instalación de una planta recicladora de basura en su territorio, la mandataria perdió los estribos.

Levantó el dedo índice. Alzó la voz y exigió silencio.

Sus gestos faciales y corporales no fueron menores ni pueden considerarse anecdóticos.

De acuerdo con lo publicado por Reforma, la molestia de los manifestantes no surgió por capricho ni por consigna política.

Se trataba de una reacción directa ante un proyecto federal que —según los inconformes— impactaría su entorno inmediato.

Alguien medianamente sensato diría que en cualquier democracia esa inconformidad debería someterse a diálogo y —en este caso— se convirtió en un episodio de tensión vertical.

En el video se observa a una presidenta que intenta poner orden a gritos y enfrente ciudadanos que se resisten a callar.

Ubicados en ese escenario alguien podría lanzar una pregunta incómoda: ¿el escuchar implica regañar?

Al otro día, en la comodidad del atril presidencial, Sheinbaum ofreció su versión.

Ella negó el regaño y aseguró que solo atendió a los manifestantes.

La presidenta no solo matizó el tono sino también justificó el volumen al decir “levanté la voz porque no me dejaban hablar”.

Está claro que —en el caso aludido— la narrativa oficial buscó reconvertir el episodio en un ejercicio de diálogo interrumpido, aunque las imágenes cuenten otra historia.

No se trata solo de volumen, sino de forma.

Ese, no es, el lenguaje corporal de quien dialoga y eso —en política—pesa más que cualquier matiz discursivo posterior.

Que nadie se atreva a negar que el dedo índice en alto no es un gesto neutral sino un símbolo de autoridad vertical, de advertencia, de regaño.

Finalmente habrá que subrayar que en el caso aludido la ironía es brutal:

Su frase “el pueblo manda” parece contradictoria si ese pueblo cuestiona, interrumpe o —peor aún—discrepa.

Positivo

Qué bueno que el gobierno de Tijuana se aplica para reducir los índices de violencia desde el origen.

Está claro que la violencia doméstica ocupa uno de los primeros lugares de los conflictos que debe resolver la autoridad.

Apenas la semana pasada más de 11 mil parejas residentes de la zona Este de Tijuana recibieron pláticas prematrimoniales con la intención de fortalecer el tejido social además de ofrecer certeza jurídica.

Con ello, el gobierno contribuye al mejoramiento de la sociedad y al mismo tiempo previene lo que ya luce como imparables índices de violencia.

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