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Jugar con fuego

hace 4 horas
2 min de lectura

Jaime Flores Martínez

Miércoles 30 de septiembre del 2026.-Atrincherada detrás de la palabra “soberanía”, la presidenta Claudia Sheinbaum está convencida que declararle la guerra a los cárteles de la droga, sería tanto como atentar contra su propia estructura.

¡Sería tanto como darse un balazo en el pie!

Y es que la señora Sheinbaum sabe perfectamente que existe una abierta colusión entre el crimen organizado y personajes clave dentro de la estructura de MORENA.

Ella misma —en su campaña política— utilizó recursos de dudosa procedencia.

Y aunque pudo desconocer el origen de ese dinero, también es cierto que no debió preocuparse demasiado por investigarlo.

Seguramente la señora Sheinbaum tiene presente el contenido del artículo que la periodista Mary Beth Sheridan publicó en el New York Times el 5 de febrero de este año.

Entre otras cosas Sheridan señala que a la presidenta le preocupa más dañar la estructura del partido guinda que combatir frontalmente a los cárteles.

El título del texto aludido es suficientemente provocador: “No son los cárteles los que preocupan a Claudia Sheinbaum”.

Sheridan plantea una tesis que coloca el problema del narcotráfico mexicano en un terreno bastante más peligroso que una simple confrontación entre el Estado y los delincuentes:

El crimen organizado no siempre está frente al Estado, sino que —en algunos lugares— también forma parte de sus estructuras de poder.

Precisamente es ahí donde comienza el verdadero incendio.

La periodista, con doce años de experiencia en la cobertura de México, sostiene que la fuerza por sí sola no puede acabar con los cárteles.

Su argumento apunta a las redes de protección política que permiten a determinadas organizaciones criminales operar con margen de maniobra.

El señalamiento más delicado aparece en el momento en que Sheridan pone la lupa sobre MORENA.

La periodista sostiene que el partido gobernante tiene figuras de alto perfil que enfrentan acusaciones de presuntos vínculos con el crimen organizado y por ello, combatir de manera frontal a los cárteles no significaría solamente perseguir sicarios, capos, operadores financieros y traficantes.

Sheridan subraya que esto implicaría tocar estructuras políticas es justo ahí donde está el problema.

Si esas estructuras criminales existen dentro de la propia coalición gobernante, entonces la presidenta tendría que escoger entre proteger la estabilidad política de su movimiento o permitir una ofensiva que pudiera alcanzar a personajes de su propio partido.

Podría decirse que para apagar el incendio del narcotráfico tendría que encender fuego dentro de MORENA.

Sheridan no afirma que Claudia Sheinbaum tenga miedo personal de los cárteles, sino que su planteamiento es diferente y mucho más político.

La cautela presidencial podría responder al costo que tendría una confrontación profunda con las redes políticas que, según su análisis, protegen a organizaciones criminales en distintas regiones del país.

Aquí surgiría aparecería una expresión que resumiría este dilema: desmantelar las estructuras locales de poder podría significar desmantelar parte de los propios cimientos políticos de MORENA y —eso sí— sería jugar con fuego.

 
 
 

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