El migrante vale mientras envía dólares
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Por Daniel Lee Vargas
Ciudad de México, 24 Junio 2026.- México ha aprendido a depender de sus migrantes cuando están lejos. Lo que aún no aprende es a recibirlos cuando regresan.
La migración de retorno debería ser entendida como una oportunidad de desarrollo. Cada migrante que vuelve trae consigo experiencia, conocimientos, redes de contacto y una visión distinta del mundo. Desaprovechar ese potencial constituye una enorme irresponsabilidad económica, pero también una profunda injusticia social.
Así pues, la respuesta institucional continúa siendo fragmentada. Existen oficinas de atención, programas temporales y esfuerzos locales valiosos, pero no una estrategia nacional capaz de responder a la magnitud del fenómeno. Hacen falta políticas integrales de empleo, certificación de competencias laborales, acceso a financiamiento, apoyo psicológico, capacitación y reunificación familiar.
México, sí estimado lector, ha construido una de las contradicciones más crueles de su política migratoria. Celebra a los migrantes como héroes nacionales cuando envían remesas, y sostienen economías locales compensando las carencias estructurales del país. Cada año se les reconoce como pilares de la estabilidad económica nacional. Sin embargo, cuando esos mismos migrantes regresan a casa, dejan de ser una prioridad. El héroe económico se convierte en un problema administrativo. El trabajador admirado se transforma en una estadística incómoda.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), dio a conocer su informe "Trayectorias de la migración de retorno en México, 2015-2025", y en este confirma una realidad que las organizaciones migrantes llevan años denunciando: regresar a México no significa recuperar oportunidades, sino enfrentar nuevas formas de precariedad, discriminación e incertidumbre laboral.
El estudio revela que los migrantes retornados encuentran mayores dificultades para incorporarse al mercado laboral formal y que las mujeres enfrentan obstáculos todavía más severos. El empleo, señala la Cepal, es un factor fundamental para la reintegración social y económica. Sin embargo, el Estado mexicano sigue sin construir mecanismos suficientes para aprovechar la experiencia, las habilidades y los conocimientos que miles de mexicanos adquirieron durante años de trabajo en Estados Unidos.
La situación resulta particularmente absurda. Mientras el país presume cifras históricas de remesas, continúa desperdiciando el enorme capital humano que regresa. Miles de trabajadores vuelven con experiencia en construcción, manufactura, logística, agricultura especializada, servicios y administración de negocios. Muchos dominan el inglés, conocen procesos industriales avanzados y han desarrollado capacidades empresariales. No obstante, al volver descubren que buena parte de esa experiencia carece de reconocimiento institucional.
Desde hace años, organizaciones como #FuerzaMigrante han advertido precisamente este problema. Su planteamiento es contundente: los migrantes retornados deben ser considerados agentes de desarrollo económico y no una población asistencial. La organización insiste en que México necesita reconocer formalmente las competencias adquiridas en el extranjero, facilitar el acceso al crédito y generar programas específicos de inserción laboral para quienes regresan al país.
El mensaje es claro: el problema no es la falta de capacidad de los migrantes; el problema es la incapacidad de las instituciones para aprovechar ese talento.
Otras organizaciones migrantes han señalado además que el retorno suele estar acompañado de profundas afectaciones familiares y emocionales. La separación de familias binacionales, las deportaciones, la pérdida de patrimonio y la ruptura de proyectos de vida generan condiciones de vulnerabilidad que rara vez son consideradas por las políticas públicas.
Para miles de personas, el retorno no representa un regreso a casa, sino el inicio de una nueva batalla por reconstruir una vida que quedó fragmentada entre dos países.
Las mujeres migrantes enfrentan una situación todavía más compleja. Además de las dificultades laborales, muchas deben asumir nuevamente responsabilidades de cuidado familiar que limitan sus posibilidades de incorporarse al empleo formal. Se trata de una doble exclusión: por ser retornadas y por ser mujeres en un mercado laboral que sigue reproduciendo desigualdades estructurales.
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