Dientes sin cabeza

Jaime Flores Martínez
Lunes 21 de septiembre del 2026.- Aunque se tiene la impresión que por la premura no existe reglamento, el gobierno mexicano restringirá la utilización del teléfono celular a los alumnos de educación básica dentro de las aulas e incluso en horarios de recreo.
Y aunque la presidenta Claudia Sheinbaum anunció que esta medida entrará en vigor el martes 3 de noviembre, quedó ambiguo si los profesores también deberán atender esta “prohibición”.
Después del anuncio de Sheinbaum, un profesor de un plantel público asegura que “por fin llegó el gran enemigo de la educación mexicana”, en este caso el teléfono celular.
Con evidente ironía, el susodicho refiere que no resulta lógico que se restrinjan los teléfonos celulares y no se atienda el rezago educativo.
Tampoco se atiende las escuelas en malas condiciones, la falta de maestros, los problemas de comprensión lectora o el desastre que exhiben las evaluaciones internacionales.
Ahora se entiende que —para el gobierno— el villano cabe en el bolsillo de un estudiante.
El gobierno de Claudia Sheinbaum anunció hoy por la mañana que, a partir del próximo 3 de noviembre, quedará restringido el uso de celulares, tabletas y otras pantallas en las escuelas primarias y secundarias del país.
La medida abarcará las clases y también el recreo.
El teléfono podrá permanecer dentro de la mochila para atender una emergencia o una situación particular, precisó la presidenta.
Según autoridades educativas, esta decisión surgió de un acuerdo unánime de las autoridades educativas de las 32 entidades federativas.
Antes de llegar a esta determinación, la SEP consultó a los maestros. El secretario de Educación Mario Delgado, 565 mil 396 docentes respondieron el cuestionario y 81 por ciento apoyó la existencia de reglas para garantizar un uso seguro y con fines pedagógicos de estas tecnologías.
Hasta ahí, todo parece muy ordenado, aunque el problema aparece cuando llega la pregunta incómoda: ¿y qué pasa si alguien?
El asunto es que dicha medida se anuncia con fecha precisa, pero todavía existen dudas fundamentales sobre su aplicación concreta.
¿Qué hará un maestro cuando un alumno saque el teléfono? ¿Se le quitará? ¿Quién lo hará? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Se entregará al padre o a la madre? ¿Lo devolverá el director? ¿Habrá una llamada de atención? ¿Una sanción escolar? ¿Un reporte? ¿Suspensión? ¿O simplemente se pedirá al estudiante que guarde el aparato y asunto terminado?
Y es que el problema no es menor pues norma sin procedimiento claro corre el riesgo de convertirse en una recomendación con uniforme escolar.
La SEP ha informado que el acuerdo será publicado en el Diario Oficial de la Federación el 22 de septiembre y que después habrá 30 días para realizar asambleas informativas en las comunidades escolares. Por ello, algunos detalles de aplicación todavía dependen del texto definitivo del acuerdo.
Y existe otro dato que conviene poner sobre la mesa: la medida no constituye una prohibición general de la tecnología en las escuelas.
La propia SEP sostiene que busca aprovechar los dispositivos con sentido educativo y entonces no se entiende para que limitar su utilización durante la jornada escolar en educación básica. En media superior cada institución establecerá sus propias limitaciones y en educación superior se fomentará un uso responsable y seguro.
Eso conduce a otra pregunta incómoda: ¿dónde termina la disciplina y dónde comienza el rezago tecnológico?
Porque una cosa es impedir que un alumno pase el recreo pegado a TikTok, WhatsApp o cualquier otra red social y otra muy distinta consiste en formar generaciones que reciban el mensaje de que la tecnología representa, por definición, una amenaza para la educación.
El propio gobierno reconoce que las pantallas, la inteligencia artificial y las herramientas digitales tienen utilidad educativa.
La discusión, por tanto, no debería reducirse a “celular sí o celular no”.
El verdadero asunto consiste en enseñar a los niños en qué momento, cómo y para qué utilizar la tecnología.
De acuerdo con la consulta nacional de la SEP, 40 por ciento de los docentes señaló que los celulares dificultan mantener la atención, 38 por ciento dijo que interrumpen las actividades escolares y 38.7 por ciento advirtió que conflictos originados en redes sociales llegan hasta las aulas.
Esos datos justifican una regulación, aunque regular no significa prohibir.
México tiene un sistema educativo gigantesco pues la SEP reporta 263 mil escuelas, 34.1 millones de estudiantes y 2.2 millones de docentes desde educación básica hasta universidad. El 83 por ciento de los estudiantes pues unos 28 millones, acude a instituciones públicas y se estima que operan en México más de 45 mil escuelas privadas.
En conclusión resulta indispensable que el acuerdo nacional tenga dientes, pero también cabeza.
Debe establecerse con claridad quién vigila, qué procedimiento se aplica ante una infracción, quién puede retirar temporalmente un dispositivo, quién responde por él, cómo se atienden las emergencias y cuáles son las excepciones por razones médicas, educativas o de seguridad.
Y hay una cuestión todavía más delicada: la brecha digital pues para un niño de una escuela con laboratorio, internet estable, computadoras y profesores capacitados, retirar el celular durante unas horas no significa quedar fuera del mundo tecnológico.
Para un estudiante cuyo único acceso a internet depende del teléfono familiar, la historia puede ser diferente.
La tecnología ya no es un lujo ornamental sino una herramienta de información, comunicación, aprendizaje, inteligencia artificial, programación y acceso al conocimiento.
La escuela que enseñe a prescindir de ella puede ganar algunas horas de concentración, pero perder una oportunidad si no enseña al mismo tiempo a utilizarla con criterio.
El gobierno tiene razón en una cosa elemental: un salón de clases no debe convertirse en una sucursal de las redes sociales, aunque también sería un error convertir la escuela en un museo tecnológico.
El desafío consiste en que el alumno aprenda a dominar la tecnología y no que la tecnología termine por dominar al alumno.










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