Contraste
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Cicuta
Jaime Flores Martínez
Contraste
Viernes 17 de julio del 2026.- Contrario a la virtud que debería fomentar el gobierno, la Selección Mexicana de Futbol consiguió que los ciudadanos eufóricos se cobijaran unidos bajo su bandera sin distingos de “buenos y malos”.
¡Quedó comprobado que 11 futbolistas unen más que un gobierno entero!
Y es que, evidentemente, la eliminación de la Selección Mexicana dejó un país triste, aunque en esos lamentos no hubo distingos.
El llanto alcanzó lo mismo a empresarios que a obreros que a comerciantes y a estudiantes.
El futbol demostró una vez más que posee una virtud que la política mexicana perdió hace mucho tiempo, que —en este caso— es la capacidad de reunir a millones bajo una misma bandera.
Y es que durante noventa minutos que duró el partido de México contra Inglaterra desaparecieron los colores partidistas.
Nadie preguntó quién votó por Morena, por el PAN o por Movimiento Ciudadano. Nadie exigió la credencial electoral antes de celebrar un gol. México volvió a ser México y contrastar el futbol con el gobierno federal resulta inevitable.
Desde 2018 el discurso oficial construyó una narrativa basada en la confrontación. Mexicanos contra mexicanos. “Pueblo bueno” contra “conservadores”. Pobres contra ricos y chairos contra fifís.
Patriotas contra traidores, así lo marcó el gobierno.
El adversario dejó de ser un rival político para convertirse en enemigo moral y la división se transformó en estrategia.
Mientras la Selección Mexicana invitó a millones a vestir el mismo uniforme, la llamada Cuarta Transformación repartió etiquetas.
Si acaso alguien cuestionó una decisión presidencial, recibió el calificativo de corrupto, clasista o defensor de privilegios.
Aquel que respaldó al gobierno, obtuvo el certificado de integrante del “pueblo bueno”.
En esa obligada comparación el balón hizo lo que la política no consiguió.
La derrota frente a Inglaterra provocó lágrimas auténticas. Nadie festejó la eliminación. Nadie pidió revancha entre compatriotas. El fracaso deportivo dolió porque el equipo representaba a todos.
Ese sentimiento contrasta con el ambiente político nacional.
No hay duda que en Palacio Nacional existe una inquietud imposible de ocultar, pues durante varias semanas el Mundial desplazó la conversación pública.
La atención nacional abandonó la agenda gubernamental para concentrarse en el futbol. Ahora los reflectores vuelven hacia el poder y los mexicanos otra vez observan a quienes gobiernan.
Otra vez examinan promesas, resultados, cifras y contradicciones.
Ya la Selección quedó fuera del Mundial y el gobierno quedó otra vez bajo el escrutinio ciudadano.
Existe otra diferencia fundamental.
Los futbolistas aceptan el marcador. El resultado aparece en una pantalla gigante. Nadie puede esconderlo. Si pierden, regresan a casa entre críticas.
En política la tentación consiste en fabricar otros marcadores. Las conferencias matutinas intentan convertir tropiezos en victorias, crisis en logros y cuestionamientos en campañas de desprestigio.
La propaganda sustituye con frecuencia a la autocrítica.
Está claro que la Selección no ganó el campeonato, sí ganó la eliminación, aunque sin embargo, consiguió algo mucho más valioso durante varias semanas: recordó que México todavía puede abrazarse sin preguntar por la ideología del vecino.
Quizá esa sea la derrota más dolorosa para la política.
Once jugadores consiguieron lo que cientos de funcionarios, miles de millones de pesos en programas sociales y una maquinaria permanente de comunicación no han podido alcanzar que es unir a los mexicanos.
Positivo
Qué bueno que el gobierno de Tijuana conmemora el Día Internacional de la Lucha contra el uso Indebido y Tráfico de Drogas con un evento deportivo.
La autoridad anunció hace unos días que se realizará una carrera de 5 kilómetros la mañana de este domingo.
Aquí habrá que subrayar que la prevención evita la solución.
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