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Pudieron ser 80 mil barriles: experto

  • 17 abr
  • 2 min de lectura

Redacción


Viernes 17 de abril del 2026.-El discurso oficial ya no aguanta ni una gota más… de petróleo.

Quien podrá negar que el reciente derrame de petróleo en el Golfo de México —que afectó aproximadamente 650 kilómetros de playa— no solo exhibe una tragedia ambiental de gran escala, sino también la costumbre institucional de minimizar lo que resulta inocultable. También es innegable que mientras las manchas negras avanzaban sobre el mar, la narrativa gubernamental navegaba en sentido contrario.


Hoy viernes el especialista Samuel Pech puso cifras a lo que durante días fue un cálculo nebuloso: entre 60 mil y 80 mil barriles de crudo derramados.

Una cantidad que no se evapora con boletines de prensa ni con conferencias matutinas.

La propia Petróleos Mexicanos (Pemex) terminó por admitir lo inevitable: el derrame fue su responsabilidad.

Aunque tarde (se tardó 2 meses) Pemex también informó el cese de tres funcionarios, una medida que huele más a control de daños que a rendición de cuentas real.

Está claro que al despedir a tres piezas del engranaje se busca explicar por qué falló todo el sistema.

Y es que el problema no es solo la fuga de crudo, sino la fuga de credibilidad.

Pemex, esa empresa que durante décadas ha sido símbolo de soberanía energética, hoy parece más bien un monumento a la negligencia estructural. Infraestructura envejecida, mantenimiento insuficiente y una opacidad que se activa justo en el momento donde más se necesita claridad.

Mientras tanto, las consecuencias no son abstractas.

Playas contaminadas, ecosistemas dañados y comunidades costeras enfrentando pérdidas económicas inmediatas en la pesca, el turismo y la biodiversidad pagan el precio de una industria que opera con una lógica del siglo pasado.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿cuántos derrames más se necesitan para que la prevención sea prioridad y no reacción? Porque en México, los desastres ambientales parecen seguir un patrón perverso: primero se niegan, luego se minimizan y finalmente se administran políticamente.

Este derrame no es un accidente aislado sino el síntoma de un modelo que insiste en estirar al límite una empresa debilitada, mientras presume fortaleza en el discurso.

Debe quedar claro que el petróleo no solo contamina el mar: también evidencia la distancia entre la realidad y la versión oficial.


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