Narrativa
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Jaime Flores Martínez
Viernes 15 de mayo del 2026.- Practicante común de la palabra “soberanía”, la presidenta Claudia Sheinbaum parece confiar plenamente en la escasa visión de la mayoría de los mexicanos, específicamente en su base electoral (mejor conocidos como “chairos”).
Y aunque la palabra “soberanía” proyecta principalmente independencia y dignidad, la sociedad mexicana deberá entender que —evidentemente— es solo narrativa.
Para que quede más claro, no se puede presumir “independencia” si México depende en más del 70 por ciento del gas que envía Estados Unidos.
No se puede entender que nuestro país sea independiente si al menos el 75 por ciento de la gasolina que se consume proviene del país vecino.
Menos puede entenderse que prácticamente la totalidad del maíz consumido en México llega del país del norte.
¡El maíz es gringo!
Ciertamente los mexicanos conservan una dignidad que genera orgullo, aunque habrá que aceptar que el gobierno (léase la presidenta) se aprovecha de esa dignidad para alimentar su narrativa.
En términos sencillos habrá que destacar que mientras se destaca la “soberanía”, paralelamente se estira la mano para recibir apoyos.
Quizá la mirada de los mexicanos está puesta en los amagos hechos por Estados Unidos de invadir suelo mexicano para combatir a los cárteles de las drogas y abiertamente respaldan la postura de la presidenta.
En ese caso podría justificarse la narrativa presidencial, aunque también habrá que poner la mirada en la dependencia económica que tiene México con Estados Unidos.
Sheinbaum repite en las conferencias mañaneras sus discursos patrioteros.
Cada vez que, desde Estados Unidos, llega una presión diplomática, comercial o de seguridad, aparece la mentada narrativa.
Soberanía por aquí, soberanía por allá, subraya la presidenta y con ello alimenta la ya mencionada dignidad pues deja saber que México es una nación que no se arrodilla ante nadie.
El problema es que los datos duros (las cifras y la realidad) se empeñan en arruinar el discurso.
Mientras que desde Palacio Nacional se agita la bandera nacional frente a Washington, la realidad energética del país exhibe una dependencia francamente humillante.
Habrá que insistir que México importa alrededor del 70 por ciento del gas natural que consume y casi todo proviene de Estados Unidos. Datos de la Secretaría de Energía y de la Comisión Reguladora de Energía han confirmado durante los últimos años que el sistema eléctrico mexicano vive prácticamente conectado al cordón umbilical texano.
El asunto no es menor pues cerca del 60 por ciento de la electricidad que se genera en México depende del gas natural.
Si acaso mañana Texas decide cerrar la llave, entonces medio México entraría en crisis energética. Ya ocurrió algo parecido en febrero de 2021, momento que una tormenta invernal paralizó el suministro de gas en Texas y dejó a millones de mexicanos expuestos a apagones y pérdidas millonarias.
Aquella emergencia exhibió que el discurso soberanista estaba construido con saliva.
Y si el gas revela dependencia, la gasolina termina por desnudar el problema.
México importa actualmente entre el 55 y el 70 por ciento de las gasolinas que consume, principalmente de refinerías estadounidenses. La refinería Olmeca Dos Bocas fue presentada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador como el gran símbolo de la autosuficiencia energética, aunque en realidad sigue sin resolver el problema estructural de producción.
Para completar el retrato de la contradicción nacionalista está —nada menos que— el maíz.
En el país de la tortilla, del pozole y del discurso sobre la defensa del campo, se recurre a la importación de millones de toneladas de maíz amarillo estadounidense cada año. México compra cerca de 40 por ciento del maíz que consume, especialmente para uso pecuario e industrial.
Paradójicamente, mientras el gobierno libra batallas ideológicas contra el maíz transgénico de Estados Unidos bajo el marco de un acuerdo comercial, los productores estadounidenses llenan los vagones que cruzan la frontera hacia territorio mexicano.
La ironía es brutal: el gobierno mexicano se indigna si Washington opina sobre seguridad, narcotráfico o democracia, aunque acostumbra guardar silencio en momentos que —cada día— miles de millones de pies cúbicos de gas cruzan la frontera para mantener encendido al país.
En conclusión, la soberanía que presume Claudia Sheinbaum parece funcionar únicamente en el micrófono.










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