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Estragos

  • Foto del escritor: Cicuta Noticias
    Cicuta Noticias
  • hace 5 minutos
  • 2 Min. de lectura

Jaime Flores Martínez

Martes 27 de enero del 2026.- Desde hace meses corre un rumor persistente en Washington y en los pasillos de la prensa internacional: Donald Trump no está bien. Trump sufre trastornos del cuerpo y de la mente, dicen.

El problema no es el chisme (la política vive de eso), sino la evidencia pública que alimenta la conversación.

No hay diagnósticos médicos, ni expedientes clínicos que se hayan hecho visibles ni grabados.

A sus 79 años, Trump confunde países, trastoca nombres propios, mezcla cargos, inventa episodios y no se trata de un desliz aislado.

Ocurre con frecuencia y en foros clave. En discursos oficiales ha cambiado Corea del Sur por Corea del Norte, ha alterado geografías básicas y ha atribuido decisiones a gobiernos que no existen.

La explicación benévola habla de lapsus. La menos indulgente habla de deterioro, aunque ambas coinciden en algo: el problema ya no se puede ocultar bajo la alfombra del espectáculo.

A la par, su relación con la prensa cruza de la confrontación al hostigamiento. Trump no debate: insulta. No responde: agrede. Periodistas críticos reciben descalificaciones personales desde el púlpito presidencial o de campaña. Lo mismo los llama “estúpidos”, que “enemigos del pueblo” o “corruptos”. El mensaje es claro: quien cuestiona, lo paga.

Ese comportamiento no es nuevo, pero sí más errático. La ira aparece sin filtro, sin estrategia, sin cálculo político. Eso inquieta.

El episodio de Groenlandia marcó un punto de quiebre. No por la idea absurda de “comprar” un territorio soberano —Estados Unidos ya hizo compras territoriales en el siglo XIX—, sino por la insistencia, la torpeza diplomática y la reacción infantil ante la negativa danesa.

Trump canceló reuniones, lanzó desplantes y convirtió un despropósito en crisis. Groenlandia no fue una broma, sino un síntoma.

Los defensores minimizan todo. Dicen que es estilo, que así gana titulares, que provoca para dominar la agenda.

El argumento funcionó durante años, hoy se queda corto. El costo institucional resulta alto.

Un líder que confunde datos básicos y reacciona con furia ante la crítica debilita la credibilidad de su país. No importa cuántos votos sume; el daño es estructural.

Nadie sensato se atrevería a divulgar un diagnóstico clínico sin pruebas, aunque nadie honesto podría negar el patrón de comportamiento.

Tropiezos mentales reiterados, lenguaje descompuesto, agresividad constante, decisiones impulsivas. La política exige firmeza, no desvarío. El poder debe obligar a no hacer berrinches.

No hay duda que Groenlandia simboliza el límite. El punto donde la extravagancia deja de ser anécdota y se vuelve alarma. Trump ya no solo divide opiniones, sino que ya siembra dudas sobre su capacidad.

Y cuando el mundo duda del hombre que pretende mandar, el riesgo deja de ser retórico y se vuelve real.

Para la mayoría, Trump no está bien de salud.

 
 
 

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